Crecí creyendo que el mundo era lo más bello y perfecto que existía en el universo. Pronto aprendí que nuestro planeta solo es un conjunto de mundos; por una parte está el mundo animal, el vegetal, el mineral y el más interesante, aunque tal vez el más peligroso: el mundo humano. Su definición: destrucción.

Si quieres ver a alguien matando a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus semejantes; solo tienes que voltear a ver a los humanos.

También si quieres ver a alguien destruyendo su propio entorno, la naturaleza y cualquier cosa que le rodea, no tienes más que ver a los humanos de nuevo.

El humano vive en sistemas que inventa y que, no importa si le asfixian, le quitan libertad, lo hacen incluso morir de hambre; es capáz de mantenerlos y hasta dar su vida por ellos para que se perpetúen a través del tiempo.

Delega sus responsabilidades a otros para ser gobernado por ellos, aún a sabiendas que no son los más sabios, que son ambiciosos, que son sus empleados y que le van a robar todo, hasta el pan de su boca, pero no es capaz de hacer nada.

He aprendido que el ser humano quiere tener fe en sí mismo, que quiere cambiar, pero que no puede, que el cambio le aterra y que antes que cambiar algo de lo que le molesta prefiere dejarse matar de a poco y perecer solo soñando.

Lo más triste es que los otros mundos se extinguen también de a poco, gracias al mundo humano. ¿Esto cambiará alguna vez?