silencio

A veces el ruido lo es todo, lo abarca todo, lo opaca todo. Tan pronto comienza el día se oye el ruido de coches, chamacos que corren a la escuela y de los padres que los apuran. Podemos sentir el ruido de los aviones, de como cimbran las ventanas, de como lastiman los oídos. 

Pronto otro ruido comienza, el de las conversaciones sin sentido. Parece obligación que al estar frente a otro debemos conversar, no importa qué; puede ser la telenovela de la noche anterior o del programa de moda. A veces el parloteo se vuelve un arroyo de ideas que solo se conectan por un débil punto. El caso es hablar, relacionarnos, encontrar puntos en común. 

¿Pero que pasa si nos fijamos en los lugares que visitamos? Podemos ver en la fonda, en la plaza, el café de la esquina, el súper o en el transporte que la gente habla y habla. Múltiples conversaciones que sumadas se convierten en ruido. He visto que muchos de los que conversan con otros solo buscan darse a notar, exponer su punto de vista y hacerlo valer por encima del de otros, justificando hábilmente sus puntos fuertes o simplemente mareando al interlocutor. 
Somo dueños de nuestro ruido, del alboroto, ese que no nos deja pensar, que no nos deja en paz, que solo sirve para pasar el rato y del que no nos acordaremos dentro de poco probablemente.

¿Pero cuándo seremos dueños de nuestro silencio? Tan bello que es descubrir la mirada del otro y hablar sin hablar, con una mueca, un gesto, una seña. Disfrutar de la paz sin entorpecerla con palabras inútiles. ¿Podemos disfrutar de una compañía sin necesidad de hablar, sin sentirnos incómodos?

¿Quién nos ha enseñado que ha de hablarse todo el tiempo aunque no se tenga en realidad nada que decir?
El silencio siendo tan bello se le valora tan poco.

¿O tú que opinas?