Espejo lujuria guapo

Otro día llega, Javier abre los ojos, mira a la ventana con desdén, con fastidio, se tapa y se revuelve entre las cobijas de la cama, decepcionado, gruñendo, cansado de tanto pensar, llorar e imaginar, pero, eso sí, no se ha cansado de beber, estira una mano y encuentra la vieja pachita metálica con un poco tequila, esa fiel compañera que ha presenciado sus desaciertos y sufrimientos amorosos, si fuera feliz ya la habría perdido.

Este día ni el trabajo, ni los amigos, ni siquiera un trago en el bar local, tendrán el efecto de levantarle el ánimo, ni siquiera para brindarle un poco de sosiego, es más… los aborrecía, en este momento de su vida tenía un fuerte sentimiento de misantropía.

Si hubiera sido por él, detonaba la bomba atómica y “¡Adiós humanos!”, para nuestra fortuna eso no dependía de él.

Este momento era mas propicio para quedarse en casa, regodearse en su miseria, asaltar el refrigerador y la alacena, dando rienda suelta a la glotonería, un pecado que hoy y de momento sería su salvación.

Aunque antes de eso, un gran sentimiento de rabia volvía a él, le provocaba tomar el cable del teléfono y arrancarlo brutalmente, hundir el móvil en el excusado o aventarlo por la ventana, porque verlo es una tortura, una tentación, querer llamar y no deber hacerlo… cómo dice la canción de Victor Manuel: “Nada mas inútil que esas tardes largas, cuando llaman todos, pero tu no llamas”, ¡Cómo jode eso!

Después de atragantarse con la comida, de dejar que se escapen algunas horas, Javier observa como las luces del día se convierten en sombras tras la cortina, fantasmas, poco a poco el día se desperdicia y la desesperación, así como los sollozos sobre la cama se hacen presentes, hasta pasado un tiempo se convierten en ronquidos, por ahí de la madrugada.

Pasan los días y semanas, poco a poco las risas y los planes para salir vuelven a ser parte de su día a día, llegado el momento que se siente bien acepta por fin una cita, es una nueva oportunidad -eso piensa él- pero su destino no es ser feliz, ¡Aún no!

Al destino, cuál sádico humano, le satisfará verlo sufrir un poco, solo un poquito más, aunque se le pasa la mano a veces sin querer.

Javier ya se alista para su date, busca una camisa a rayas, negras y rojas, un poco anticuada, pero se ve muy bien… toma sus mejores jeans, esos con los que se le marca el paquete, pues Javier es romántico, pero tan tonto -bueno eso cree él- busca su loción Hugo Boss, se acomoda el cabello, se lo vuelve a arreglar, se tarda en ello, quiere verse genial.

Mientras tanto al otro lado de la ciudad en una habitación pequeña, sombría, se prepara también para salir, Sergio, él es la cita de Javier, pero Sergio es más confiado de sí mismo, tiene una larga lista de conquistas tras de sí, él no busca, el encuentra, el no hace el amor, el se los coge y a otra cosa. Pero claro, en ocasiones se topa con alguien que se le antoja y no afloja, pues busca encontrar el amor, entonces, con todo el colmillo del mundo los encanta, los adula, los conquista, se los echa y los vota, al fin es un deporte.

A Sergio no le importan las cursilerias, si alguna vez se enamoró ya ni se acuerda, además siendo el sexo tan fácil, para que complicarse la vida, eso no es para él.

No le iba a costar verse irresistible, es de esos que con un una sonrisa arregla todo, de ojos azules, piel perfecta, cabello sedoso, tiene encanto y un magnetismo especial, el cual sabe aprovechar, con su look a lo hipster y un poco de loción 212, ya estaba todo listo… por supuesto iba a llegar tarde, para hacerse un poco más deseable.

Ya eran la 8 menos cuarto, Javier llevaba esperando 45 minutos, justo cuando llega Sergio a la estación del metro Insurgentes, con ese andar de lobo en celo, cazando a su pareja.

Javier inmediatamente quedo prendado de su imagen.

-¡Hola galán! Ya estoy aquí -saluda muy seguro Sergio, tanto que se le olvida a Javier reclamarle su tardanza-
-¡Hola! -algo más tímido-
-Oye nene, te ves más guapo que cuando te conocí.
-¿Y que hacemos? -contesta tras una risa tonta y algo sonrojado-
-¡Lo que quieras! Esta noche soy todo tuyo -ya había tirado el anzuelo, esas palabras que daban un mundo de posibilidades, pero solo había un desenlace posible-

Fueron a cenar al Ragazzi de Plaza Universidad para que fuera algo mas cómodo que el clásico Vips -y por supuesto para que fuera más fácil la labor de Sergio-

Inevitablemente tras el vino y el alcohol que todavía tenía en su sangre Javier, ya exaltado y deslumbrado por la apariencia y plática de Sergio, acabo proponiendo que se fueran a un hotel.

Movimiento que ya esperaba Sergio y por supuesto al momento pidió la cuenta.

Ahora solo restaba cumplir sus instintos, para saciar esa sed de sexo y lujuria.

Para suerte de Sergio todo estaba resultando demasiado bien y sin grandes esfuerzos de su parte, Javier se había puesto de pechito, aunque se lo imaginaba de chivito al precipicio.

Está de más relatar en encuentro sexual, no pretendo hacer un relato porno, pero basta con decir que ambos explotaron de placer, pero además Javier se estaba enamorando.

Así transcurieron días y días en los que el ego y la felicidad de Javier se inflaban ante los incontables piropos y cumplidos recibidos.

Entonces, a los quince días de la primera cita, Javier quiso darle una sorpresa a su novio y llegó a su casa sin avisar, pero al entrar a la habitación descubrió una cama ocupada, por dos cuerpos que retozaban y gemían de placer.

Comenzó a gritarle a Sergio, el cuál reía divertido y tras aburrirse de escucharlo le dijo:

-¿Qué esperabas? Yo solo quería tener sexo, pero tu buscabas algo más, deberías estar agradecido, por un tiempo cumplí tu fantasía y ¡Sí soy un puto, pero yo lo disfruto!

Tras lo cuál Javier, llorando y maldiciendo a todo, a todos, a él mismo, salió de allí corriendo, para terminar vagando por la calle y esperar a que su dolor fuera menos intenso, mientras fumaba, acariciaba su cigarro, lo ponía en su boca, ese cigarro era ahora su única compañía y el no iba a abandonarlo, siempre podría prender otro y sentirse menos solo.

De más está decir que Javier volvió a vivir su duelo, tal vez un poco más intenso que el anterior, pero era la misma situación, sólo que ahora no cometería el mismo error -ahora cometería uno nuevo-

Después de unas semanas cambió su actitud, ahora él sería el cazador, ya no buscaba amor, ahora quería solo un colchón y un chico para la ocasión.

La lujuria a veces es un virus que se contagia, se complica cuando viene aderezado de mentira, cinismo, decepción y un tanto de dolor, ahora Javier ya estaba contagiado y sin saberlo propagará la enfermedad.