Este breve cuento es inspirado por la interpretación de 3 actores ambulantes que rondan las calles de la Ciudad de México, no conozco sus nombres, pero gracias igualmente.

callejón

Ana corría a ver a su novio, pues iban a platicar para reconciliarse después de la dura pelea de ayer. Y vaya si fue intensa, ocurrió la otra noche, cuando ella incluso le gritó a Carlos que ojalá se muriera, mientras sentía ese odio, el coraje y dejaba que su abdomen le ardiera de tal vigor con que profirió esas palabras.

Llovía a cántaros y los truenos eran fulminantes, simplemente eran dignos de cualquier película de terror, Ana maldecía no haber comprado aquella carcacha que podía permitirse con sus limitados ahorros.

Se habían quedado de ver en el callejón dónde se encontraba la vieja casa dónde vivió Carlos, que además de quedarles a mitad de camino, era el lugar lógico para arreglar las cosas, aquel rincón mágico, aquel portón, tantos besos, tantos susurros y tantas horas, tantos testigos de su amor, ese era su rincón.

Ana llegaba ya de prisa y mojada de pies y piernas, pero al menos el paraguas le había sido medianamente útil, su cara aún se encontraba tibia y sus mejillas sonrosadas, solo de imaginar ver a su amor. En el callejón se encontraba de pie una figura humana, que se iluminaba cada vez que retumbaban los relámpagos, llevaba una gabardina negra y un sombrero del mismo color.

-¿Carlos? -Apenas audiblemente preguntó Ana.

Entonces un grito fue ahogado por un estruendoso rayo, uno que pudo descorazonar al mismo diablo de haberse escuchado. Ana miraba atónita los restos de un hombre a los pies de aquel que vestía la gabardina; y no era cualquier hombre, era Carlos, su novio. Se arrojó hacia él para sostenerlo, ver si todavía existía aunque fuera un débil aliento, pero no, ya estaba muerto.

-¡Maldito hijo de puta! ¿Qué has hecho? ¿Quién demonios eres tú?

Al quitarse el sombrero aquél hombre y al clavar la mirada en los ojos de Ana, ella no pudo más que tratar de contener todos los improperios que quería gritar, para hacer una pregúnta más prudente a su mejor amigo, Daniel.

-¿Por qué Daniel? -Apenas logrando articular entre llanto y odio.

-¿Y tú me preguntas por qué? Si ayer mismo deseaste que Carlos muriera, tu misma lo hubieras matado en ese momento, lo deseaste, querías verlo privado de la vida, necesitabas esa tranquilidad. Bien, pues ya está, lo he matado por ti y solo por ti.

 

-¡Estás loco! ¡Yo nunca lo hubiera matado! !Yo solo lo dije en un arranque de coraje! Pero ahora… ¡Vas a pagar por esto!

-Vamos, vamos a pagar por esto querida, porque los dos lo hicimos, los dos lo matamos.
-¡No! ¡Tú lo mataste!

-No puedes probarlo, yo diré que fuimos los dos… Además, tú lo querías muerto, varios te escucharon, no solo yo. Fácilmente van a creer cuando les diga que tu me ayudaste, que incluso fue tu idea, porque así fue.

-¡No, no, no, nooo! -Gritó Ana mientras se tapaba los oidos y sacudía la cabeza como signo de negación.

-¿Sabes? Yo solo quería cumplir tu deseo, porque eso deseabas, eso querías. Yo en cambio nunca he deseado la muerte de nadie, nunca he pensado “ojalá que se muera”, creo que quién piensa eso es porque desea que se haga realidad y que si no lo hacen es porque les falta el valor, como yo sabía que no tendrías el valor entonces lo maté.

-¡Estás enfermo! Muchas personas piensan o dicen que quisieran que alguien se muriera, no por ello los matan y no por ello debe ser cierto… ¡Es un decir, no un crimen!

-Me dices entonces que está bien desear que cualquiera se muera, que todos desean eso alguna vez. ¿Te has puesto a pensar que si es verdad lo que dices media humanidad estaría muerta? Yo no concibo que todos puedan pensar y sentir eso.

-Has perdido la razón por completo, no pareces pensar como humano, mira pedazo de imbécil, ese asesino que eres ahora es porque no comprendes que puedes desear algo, pero no significa que lo hagas, que lo cumplas, todos decimos cosas sin pensar.

-Tal vez sea imbécil como dices, tal vez si he perdido la razón, tal vez es tanto mi amor hacia ti que me pareció natural cumplir tu petición que según tu dijiste sin pensar. Pero entonces así como yo maté sin pensar a Carlos, así tu puedes matar el alma de quién sea, sólo por hablar sin pensar, puedes matar sus sentimientos, puedes matar a muchos de apoco, solo con tus palabras. ¿Acaso no te das cuenta? Tanto tú como yo somos asesinos, yo nunca he deseado mal a nadie, ni había hecho nada malo a nadie, hasta hoy, tu en cambio según tus dichos, has herido personas a lo largo de tu vida, has deseado sus muertes, les has hecho daño, aún sin querer, solo por hablar y actuar sin pensar. Discúlpame, pero a mi manera de ver tanto tú como yo hemos matado a Carlos.

Mientras a lo lejos se comienzan a escuchar las sirenas de una patrulla.