Taxi

Iniciaba otro día más, para colmo iba tarde al trabajo, estaba apurado por conseguir un taxi, tras seis intentos un taxi por fin se detuvo.

Me encontré con un hombre robusto, con rasgos recios, desaliñado, malencarado vaya, no me iba a poner exigente, tenía que llegar a mi trabajo, así que me monté en el taxi.

-Buenos días -saludó el taxista-

-Buenos días. ¿Me puede llevar por favor al metro barranca del muerto?

-Si joven -contestó muy serio-

Iniciamos el camino, ibamos en silencio, no había radio, no se había iniciado ninguna conversación, por lo que decidí concentrarme en el camino. Habían transcurrido unos pocos minutos, cuando comenzó a sonar un celular, pero no era el mío, era el del taxista.

-¿Qué pasó papá?… No, fíjese que me quedó mal, pero… ¡No! A ver, espérese, no se vaya a salir… El ataúd va a llegar a la una más o menos, ayúdeme con eso, no sea malo… ¡No! ¡Por favor no vaya a decirle nada a mi hija! Ahorita estoy regresando de arreglar unos papeles y ya me voy para allá… No se preocupe papá.

Un silencio más denso que antes nos embargó, uno muy incómodo, sabía que por prudencia no debía decir nada. El silencio solo era roto por el motor del auto, el sonido de otros vehículos y tristemente, los frecuentes sollozos del taxista, mientras sus toscas manos, llenas de nervios, buscaban borrar todo rastro de sus lágrimas, para que yo no las viera.

Escogí disimular haciendo como si estuviera revisando algo en mi Ipod, con eso podría tal vez ayudarle a sentirse menos mal, de momento, con voz entrecortada me dijo.

-Disculpe lo que acaba de oír joven, es que anoche falleció mi esposa y yo venía acá a Copilco por un dinero para la funeraria.

Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo completo, no pude emitir palabra alguna, lo cuál era una bendición, porque tengo el mal tino de decir estupideces en momentos delicados.

-Uno ya no puede confiar ni en la familia -prosiguio-, este pendejo me hizo venir desde Milpa Alta hasta Copilco por un dinero y ahorita que llegué a su casa, no estaba el hijo de la chingada. ¡No estaba!

No era tanto lo que le pedí, joven, de verdad, ¿O se le hace mucho dos mil pesos? ¡Eran para el funeral de mi mujer!

Intenté decir algo que mínimamente reconfortará el dolor de este hombre, pero creo que mi nerviosismo se hizo evidente más allá de mis palabras y continúe callando y escuchando, pues eso es lo menos que podía hacer por él.

-Ahora lo que me preocupa -continuó- es cómo decirle a mi niña que su mamá se murió. Tiene seis años joven. ¿Se imagina? Aparte me da miedo decirle, ella tiene síndrome de Down y pues ellos están mal de su corazón. No quiero que se me vaya ella también.

Me dejó helado, no podía decir nada, al par de minutos de eso le tuve que decir (con voz baja, como de niño regañado) que me dejara en la siguiente esquina, para que pudiera regresar lo más pronto posible a su casa. Una vez que miré al taxímetro me dí cuenta que apenas había rebasado los dieciocho pesos. Tuve por un momento la idea de bajarme del auto, pagar e irme, pero no, eso no era lo que debía hacer. ¡Carajo, por mera humanidad había algo más que podría hacer!… antes  de subir al taxi había pensado en comprar una hamburguesa y muy probablemente, alguna estupidez que se me ocurriera o cruzara en el camino.

Mientras que este hombre quería regresar a su casa, pero necesitaba dinero, así que estaba trabajando para darle un entierro digno a su esposa.

Antes de bajarme, tomé los ciento cincuenta pesos que tenía en la cartera y sin pensar nada más, se los entregué, tomándole del hombro con la mano izquierda y apretando fuerte su mano con la derecha, mientras él tomaba los billetes.

No sé qué habrá pensado, pero cuando vio los billetes en su mano volteó el cuerpo entero y dejo su rostro al descubierto, desolado, humedecido, enrojecido e hinchado por el llanto. Entre sollozos me dio las gracias más sinceras que he recibido en mi vida.

-Le darás un mucho mejor uso que yo – le dije tomándolo de nuevo del hombro-

Bajé del taxi para ver como desde lejos me agradecía y yo, en una mezcla de tristeza, pena y rabia, me enfilaba a entrar apresuradamente a la estación del metro.

Este relato ha sido ligeramente modificado y realmente ocurrió, fue relatado en su momento por quién lo vivió; Alfonso, el autor del blog Tracky Jack’s.